viernes, 29 de enero de 2016

El Rescatado

Te sentaste y empezaste a contemplar tus formas

Desde un rinconcito de la habitación te miraba esa consciencia absoluta e indisoluble.
Gritabas que no te abandone
que te agarre
que te amarre
ate
desate y ate.



Tus formas, ante tus ojos, cambiaban; a sus ojos eran nada todavía.
Eras nada y lo sabías y sin embargo no podías dejar de brotar para llamar su atención.
Brotabas de vos, una y otra y otra vez, cada segundo te engendraba
y mutiplicabas tus piernas y brazos
cinco, diez, quince, veinte
dedos y más dedos
últimamente me atraen los dedos
sobre todo cuando se multiplican con los tuyos ante tu mirada.

Tu mirada, que intentaba quedar bien ante la suya para que te agarre.
Que la conssciencia te agarre, te amarre, te ate y desate. Te ate, esa consciencia absoluta e indisoluble que te considera nada, a ella querías agradar de forma discreta mientras crecías, te regenerabas, degenerabas, constantemente, a cada segundo, más y más dedos, más y más piernas, piernas con más dedos y pelo en la cabeza.

Yo te estaba mirando, estaba observando cómo querías agradarle y cada vez le repugnabas más. Pobre de vos, qué pena me diste, qué pena me das, qué triste estoy.
Sucedió que te tocó su mirada y te cambió, para siempre, te multiplicó, te degeneró. Te degeneró su mirada, culpemos a otro,  entonces, digamos que no fuiste vos y fue ella, esa consciencia universal e indiscutida que te miraba desde el rincón derecho de la habitación.
Cambiemos de lado, te miraba desde el rincón izquierdo. Entonces es distinto, no te degeneró ella, te arruinaste vos, solo, tu mirada, para adentro, queriendo que tus formas cambien, constantemente, proyectaste algo, proyectaste asco, te degeneraste. Te lo repito una y otra vez, pero estaba mirando, no hay otro término, no eras normal. Eras nada.

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