lunes, 17 de abril de 2017

Hablemos de intensidad. 
Hablemos de la intensidad que necesito en mi vida todos los días, todo el tiempo, una vez por semana. No hablo de sexo sino de emociones. Si las emociones de la semana las quiere traer el amor bienvenido sea pero necesito que esa emoción aparezca. 
Soy aventurera por naturaleza y por crianza. Soy naturaleza, diversa, volátil e intensa. 
De hecho, ser anfibia e intensa son los dos atributos que más siento propios: puedo adaptarme a cualquier situación, sea de la alta suciedad o de la baja, del rock o la cumbia, quedo aceptablemente bien en el club de fans del Indio y en el de Soda. A la vez, esto me hace ser brusca, querer explorar todo y en extremo. Cuando hago algo lo hago a fondo y no puedo evitarlo. 
Como sea voy a terminar esta carrera que ya me hinchó las bolas, como sea voy a mantenerme pulcra, como sea voy a mantenerme contaminada. Intento que sea todo hasta el extremo.
Fue un fin de semana fuerte, tuve un visitante peruano en mi casa que se pensó que era un hostel, no entendió nada. No lo juzgo, él no vive solo y no entiende el valor de la casa propia, el valor de las cosas propias; no entiende el pesar que produce llegar y ver la pileta llena de vasos para lavar. Cayó a casa (lo conozco) porque venía con un amigo que nunca llegó, y contento porque el trabajo le pagaba el pasaje que pagó él. ¿A qué vino?
Me idolatró los tres días que estuvo en mi casa, de los cuales uno no lo vi más que un par de horas porque cuando me desayuné con que posiblemente vino exclusivamente por mí tuve que demostrarle que sí creo en la amistad entre el hombre y la mujer, sobre todo cuando yo no le quiero dar al pibe y cuando para mí era totalmente claro que no iba a pasar nada y que lo dejaba quedarse en calidad de amigo. No dejé nada sujeto a dudas, por eso me sorprendió que incluso así viniera y por eso en mi cabeza no entraba la posibilidad de que intente algo.
El segundo día con el chico en casa llamé a mis amigas para pedir refuerzos, cayeron dos y un intento de latinlover que haciéndose el pelotudo no solo no me brindó ninguna pompa sino que me dejó un chupón en el cuello que forzadamente llevé con dignidad sábado y domingo. 
Con mi marca a cuestas pasé sábado y domingo en familia y descubrí el nivel de censura, decoro o indiferencia que hay en mi entorno porque, salvo una de mis cuñadas, nadie se cagó de risa de nada. Sé que indiferencia no es, lo digo pa-rellenar, pero asumo que no debe ser sencillo ser mi hermano o mi padre. 
El sábado a la noche volví a capital a buscar y obtener esa intensidad de la que hablé al principio, esa intensidad que me hace sentir que logré divertirme en esta vida. La fuerza motora la logré saliendo a bailar, mucho, sola. A veces la consigo saliendo con algún tipo que me interesa hace mucho o que tenía idealizado, a veces la consigo caminando de Recoleta hasta Belgrano a las 2 de la mañana, a veces la consigo leyendo, a veces la consigo fumando un porro con un tachero camino a mi casa y a veces la consigo corriendo y jugando con mis sobrinos. No importa cómo pero logro acceder a esa inmensidad en la que mi mente se expande de una forma única. Es otra droga. 
Me considero una chica con un inventario bastante bueno de secretos e historias dignas de mesa redonda, pero no es suficiente y me niego a parar de buscar que las cosas sean fuertes. 

Volviendo al visitante peruano, lo llevé -caminando 12km- desde Caballito hasta Recoleta, pasando por el Congreso, Facultad de Derecho, Museo de Bellas Artes, Cementerio, bares notables. Después, ya en mi casa, se dejó invitar empanadas e insistió en tomar el pisco que me trajo de Perú "para que nos re pegue la jam a la que vamos" (jam de jazz, no es una fiesta electrónica, gil). 
Odio que me hagan un regalo y me indiquen cuándo consumirlo, especialmente si el que me lo da no representa una figura con autoridad (del tipo que sea). Eso fue exactamente lo que sucedió desde el minuto cero en que me entregó la botella: empezamos a intercambiar mi burla por sus ganas de beber pisco. Igualmente, en cuanto vi la botella pensé en ser generosa con mi hermano, siempre y cuando encuentre antes una oportunidad de tomarlo. Las posibilidades están. 
En fin, le comenté que el sábado me iba a ir a pasar el día con mi familia pero que, de querer ir, estaba invitado. Declinó la propuesta y yo me fui re tranquila a lo de mis viejos. Dejé la puerta de mi habitación cerrada durante toda su estadía, ese espacio es mi mayor intimidad y ya que estaba permitiendo que se quede en mi casa, resguardé mi espacio más privado. 
Pues el sábado a la noche (tipo 23hs.) cuando llegué a mi departamento para cambiarme y salir -sin él- estaba mi almohada en el sillón. A la sazón, yo la noté al toque y recordé que efectivamente había mantenido mi dormitorio cerrado. Decidí dejarlo pasar, me cambié -like a diosa- y salí. Cuando llegué, muchas horas después y habiéndole avisado que volvía a dormir a mi departamento, el pelotudo había cerrado la puerta con llave y pasado el pestillo, por lo que tuve que despertarlo a timbrazos: me había dejado afuera de mi casa básicamente. 
En fin, me fui a dormir y hoy domingo rajé a lo de mis viejos otra vez a eso de las diez de la mañana. 
Llegué hace un rato y encontré mi almohada en la cama en la que había dormido él y, en mi cama, la almohada que usó él. ¿Qué hizo con mi almohada, qué hizo en mi cama, qué hizo con mis sábanas? ¿Por qué me cambió la almohada por la suya, por qué, por qué, por qué?
Sumado a la cantidad de pelos que adquirió mi casa,  los platos sucios y la basura acumulada en la cocina, mi almohada en su cama. 
El pibe me la devolvió para dormir -ahí van dos ingresos a mi habitación- y esta mañana la buscó otra vez y la dejó donde no iba. Al menos cuatro ingresos a mi habitación, en la que sin dudar hay mucha ropa y muchas pertenencias mías.  
Me imaginé una serie de escenas desagradables y, entre risa y asco limpiando mi hogar, me decidí a escribir mis aventuras, solo un rato. Esto no me habría pasado si no hubiera sido por mi afán de tener experiencias copadas. Lo puse en su lugar, le dije que estuvo mal no blanqueando todo desde el principio y le advertí que no se entra al lugar privado de alguien de esa forma. 
Evidentemente se moría de ganas de estar en mi habitación (ja-ja-ja).

Ahora sí, corto todo y me voy a dormir- Me voy asqueada, cansada, feliz y abrumada después de un fin de semana de hermosa intensidad. 


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