martes, 12 de julio de 2016

De repente las cosas convencionales no me saben asquerosas y los antros, que a veces extraño, están lejos. Ni fu ni fa. Hoy no quería sushi sino pizza.

Me acostumbré a ciertas dinámicas del trash que ya no elijo y descubrí que, de no elegirlas, surgen nuevas posibilidades. El abanico de chances nuevas y novedosas, porque no sólo se trata de caras nuevas sino de opciones que no conocía y que creía que, de existir, no me correspondían.

Porque violencia no es pegar nada más, violencia es que te griten, que te ignoren, que te desprecien. Violencia es un término tan amplio que termina en la nada, termina en miles de discrepancias conceptuales que no conducen a la solución de ningún problema.

No voy a negar que extraño ver bandas, extraño salir vestida normal y unos besos que suenan a hogar. Terminó siendo como el té que mancha una camisa negra. No se notan las manchas pero cada vez hay  más y el negro es cada vez más profundo. De a una saco las manchitas, una a una. Quedan suaves, ahí, las marcas de esa mierda. Quedan como experiencia. Quedan en forma de verguenza.

Y a la verguenza, ¿qué le gana?
La risa

Y río, a diario. Río, me río de mi misma, de río de mis verguenzas y se achican, se hacen bolitas pequeñas. Las tiro, al río Paraná, a la pileta de mi casa, arriba del techo de chapa que veo desde mi ventana del piso 4. Las revoleo, las alejo, las pierdo.

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